16 años de espera. 16 años para volver a gritar que España es campeona del mundo. Que somos* campeones del mundo. Desde el 11 de julio de 2010 hasta el 19 de julio de 2026 esperando a que la estrella del escudo tuviera una compañera.
La espera, por qué no decirlo, se ha hecho eterna. Por el camino, en clave Mundial, tres sinsabores consecutivos. Mundial 2014 sin pasar de fase de grupos, Mundial 2018 y Mundial 2022 sin superar ninguna eliminatoria.
El primer partido de la edición 2026 no invitaba al optimismo. Suena lejano pero España empezó su andadura con un 0-0 contra un rival muy inferior. Un resultado que, un mes más tarde, nos lleva a un único pensamiento. Sólo sabemos levantar copas del mundo si el primer encuentro hace saltar todas las alarmas. Suiza en 2010 y Cabo Verde en 2026.
A partir de ahí, España ha sabido encontrar su estilo y, con ello, su camino al éxito. Con una suficiencia que roza lo absurdo, ha ido superando cada una de las eliminatorias, encajando únicamente un gol. Dejando de lado las individualidades, primando lo colectivo y con exhibiciones para el recuerdo como la protagonizada contra Francia, favorita a ojos de la mayoría y que no tuvo argumento alguno para discutir que la España de Luis de la Fuente merecía tener un sitio en la gran final.
La última prueba era la Argentina de Leo Messi. Ambos países compartían el mismo reto. En juego estaba ser el primer país del siglo XXI en sumar dos campeonatos del mundo.
120’ de partido más tarde, Rodrigo Hernández levantaba la copa del mundo. Un jugador que, aunque siga en activo, ya es histórico. Que, pese a que en la fase de grupos no estuvo a su nivel, ha sido el mejor jugador español en la fase eliminatoria. Hablamos de un futbolista que, fruto de esa jerarquía y dominio de todo lo que sucede a su alrededor, a veces parece que juega contra jugadores que todavía no han llegado al profesionalismo.
El que se vistió de Iniesta, para hacernos tocar la gloria por segunda vez en nuestra historia y evitar que el partido se fuera a unos penaltis para los que la mayoría no estábamos preparados, fue Ferran Torres. En fase de grupos suplicaba que un gol suyo, que era intrascendente, subiera al luminoso pero el destino le tenía preparado algo mucho mejor. Ser el culpable del grito de gol de 47 millones de españoles.
Ese grito que muchos llevábamos 16 años esperando repetir y que otros nunca habían podido experimentar. Ese gol que, pasen los años que pasen, siempre recordaremos donde lo celebramos y, sobre todo, con quien.
El próximo objetivo será defender la estrella en un Mundial 2030 en el que seremos anfitriones.
