Llevo mucho tiempo sin escribir sobre el Valencia Club de Fútbol. O, en su defecto, sobre lo que queda del Valencia. En concreto, más de 1 año y medio sin publicar nada sobre el culpable de la mayoría de alegrías y sinsabores, en términos deportivos, de quien suscribe.

Hasta hace no mucho se hablaba del Valencia como un club con solera, un club que era un rival incómodo, un club del que cualquiera recitaba su once titular. Ahora se conjuga el nombre de la entidad únicamente en tono burlesco o para hablar con condescendencia. Y esa es una losa muy difícil de paliar.

La plantilla actual tiene infinidad de carencias. La principal, el hecho de que, analizando la misma nombre por nombre, no encuentras jugadores diferenciales. Ni tampoco líderes. Si hiciésemos el ejercicio de apuntar en una lista qué futbolistas tendrían el cartel de intransferibles nos sobrarían los dedos de una mano. Eso, sin duda, es una gran derrota porque es otra muestra de decadencia.

Para derrotas la que vivimos en el día a día, a merced de un máximo accionista que sigue y seguirá dirigiendo, sin dirigir en absoluto, a 15.000 kilómetros de distancia y siete horas de diferencia en su reloj. Al fin y al cabo, ser valencianista, a día de hoy, conlleva estar inmerso en un bucle porque, a corto plazo, todo va a seguir igual.

El domingo, contra el Barça y en el Estadio Johan Cruyff, el valencianismo vio cómo se perpetraba un nuevo acontecimiento en la historia negra de los que sufrimos la blanquinegra.

Perder contra el FC Barcelona entra dentro del guión, por supuesto. Lo que no cabe en el imaginario es que en menos de 9 meses te hayas visto humillado, sin ninguna capacidad de reacción, por partida triple por un mismo club.

En otra época, un episodio como el vivido hace un par de días tendría sus consecuencias. Alguien del club hubiera salido a dar explicaciones, alguien de la plantilla hubiera alzado la voz para que los 290 valencianistas que trataron de convertir en un pequeño Mestalla un estadio que no debería haber albergado jamás un partido de estas circunstancias se hubiesen visto compensados por ser testigos de tal infamia y el inquilino del banquillo, aunque nos salvase del abismo hace un par de meses, vería su cargo tambalearse. Y por encima de todo, la afición estaría tachando días en el calendario para poder recibir a su equipo con un toque de atención a la altura de la humillación sufrida el pasado domingo. En el Valencia 2025 cualquiera de esas cuatro opciones suena a utopía.

La alineación y el planteamiento contra el Barça supusieron levantar la bandera blanca antes de que el partido diese comienzo. Aquí uno que se considera incapaz de ponerle palabras al supuesto plan con el que los futbolistas saltaron al campo. Recibían el balón y parecía que tenían una cuenta atrás que les obligase a precipitarse en cada ocasión que tenían la posesión. Y sin balón, permitieron que el Barça repitiese una y otra vez la misma jugada.

Resulta sintomático que sea tan tabú que se hable del objetivo de llegar a plazas europeas. Que esté asumido que lo único a lo que aspira el club es a su supervivencia. Una supervivencia que pasa por seguir batallando por mantenerse más tiempo como un club de Primera División. Quizás haya podido ir calando ese mensaje y cada comparecencia pública es una buena excusa para recordarle al valencianista cuál es el objetivo (sic) o directamente para no marcar un objetivo para el cual, con el nulo nivel de exigencia que impera, no se aspira.

Como dice el gran Santiago Cañizares, el Valencia hace mucho tiempo que perdió la categoría.

Sólo el tiempo dirá cuando volverá el murciélago a volar.