Hola Rafa,

Lo admito. Me va a costar hacerme a la idea de que, después de la disputa de la Copa Davis, ya no volveremos a verte jugar.

Todos mis primeros recuerdos del tenis son contigo empuñando una raqueta. Esas finales contra Coria en Montecarlo y Roma, contra Ljubicic en Madrid, contra Federer en Wimbledon y tantísimos otros momentos fueron sólo el comienzo de una carrera legendaria y que resulta misión imposible resumir en unas líneas.

Hay diversas hazañas tuyas que, por mucho tiempo que pase, serán imposibles de igualar. Como reconociste en alguna ocasión, las imágenes y vídeos podrán acreditar ciertos récords que parece que lleven trampa. Es difícil de explicar cómo pudiste salir tantísimas veces vencedor en ciertos torneos, cómo pudiste lograr la victoria en 137 de los 141 encuentros que jugaste al mejor de 5 sets en tierra batida, cómo pudiste ganar 81 partidos de manera consecutiva en una misma superficie o cómo pudiste permanecer ininterrumpidamente durante prácticamente 18 años entre los 10 mejores del mundo. ¿Ganar 14 Roland Garros? Hablamos de un torneo que reúne una vez al año a los 128 mejores tenistas y que es de categoría Grand Slam. Insisto. Cuando se comprueben estos guarismos en unas décadas parecerá que hay trampa.

También resulta complicado encontrar explicación a cómo fuiste superando cada obstáculo. Ya no sólo obstáculos llamados Roger Federer o Novak Djokovic sino otros como el pie y ese maldito síndrome de nombre impronunciable que, aunque muchos no lo sepan, casi te lleva a poner fin a todo hace más de 18 años, tras ese inolvidable 2005 y que, por qué no decirlo, fue el desencadenante de muchas de tus lesiones.

Tus últimos años han estado cargados de incertidumbre. Repletos de comunicados con renuncias a torneos y de cábalas constantes. Especialmente, estos últimos meses. Donde cada derrota suponía una sensación de vacío, donde cada vez había más voces diciendo qué tenías que hacer o dejar de hacer y donde, sobre todo, escuchábamos tus declaraciones con los oídos tapados para no oírte pronunciar unas palabras, como las pronunciadas en tu vídeo de despedida, para las que no estábamos preparados.

De todos modos, a pesar de todo lo logrado y, sobre todo, de no tener nada que demostrar a nadie, querías darte una última oportunidad y eso es, sin duda, otro triunfo más. Pretendías que nuestros últimos recuerdos tuyos fueran en una pista de tenis y no en una sala de prensa. Y eso, cuando se haga balance de tu legado, será una buena forma de resumir lo que has sido, la competitividad que te ha caracterizado y la capacidad de levantarte tras cada caída que has tenido.

209 semanas como número uno mundial, 22 títulos de Grand Slam, 36 títulos de Masters 1000, 5 títulos de Copa Davis (ojalá sean 6), 92 títulos en categoría individual y muchísimos más registros que escapan de la lógica.

No obstante, más allá de los números, una de las razones por las que tu carrera trascenderá es por tu comportamiento dentro y fuera de pista. En tus más de 1300 partidos como profesional has demostrado que la presión y la frustración se pueden canalizar de muchas maneras y que la mayor clave para estar cerca de la victoria era intentarlo siempre una vez más. Al fin y al cabo, la palabra resiliencia igual es el término que mejor define tu carrera.

No sabría decirte la cantidad de veces que he podido verte desde la grada. Diversas ediciones en el Conde de Godó o incluso en aquella final de Copa Davis de 2009. Todas esas veces que te vi en directo, saliste triunfador. Pese a ello, reconozco que queda la espinita de no haberte visto una última vez y eso es una pequeña gran derrota. Ese duelo agónico contra Tsitsipas en la final del Godó de 2021 tendrá el componente nostálgico de haber sido, casi con total seguridad, la última vez que pude disfrutar en pista de tu juego.

Rafa, los recuerdos son infinitos. Muchos descubrimos este deporte gracias a ti y, no contento con ello, lograste que nos aficionásemos y se situase entre uno de nuestros deportes favoritos. Te colabas, sin pedir permiso, en nuestros hogares domingo sí y domingo también. Todos queríamos dar nuestros primeros raquetazos empuñando una raqueta Babolat y vistiendo Nike. Suponía casi una condición sine qua non para cualquier niño que empezaba a jugar. Si ganábamos un trofeo, nuestro primer instinto era tratar de morderlo y la consecución de un punto se celebraba con un “vamos”. Cualquier excusa era idónea para pretender emularte. Honestamente, se hace difícil pensar que alguien pueda llegar a trascender de esa forma.

Hay algo más que me gustaría decirte, Rafa. Tu forma de jugar y competir nos ha hecho sentirnos partícipes en cualquier escenario. Para quien suscribe, nunca habrá un deportista que le haga disfrutar, vibrar y sufrir de la misma forma. Cuando ganabas, ganábamos todos y cuando perdías, la derrota era compartida. Tu palmarés es también el palmarés de todos aquellos que hemos vivido tus alegrías como propias y que podremos presumir de haber sido contemporáneos de no sólo el mejor deportista español de todos los tiempos sino también uno de los más destacados a nivel histórico mundial.

Tus lágrimas el día que juegues tu último partido serán las lágrimas de cualquiera de los muchísimos que hemos crecido teniéndote como ídolo. Y tu adiós, lo reconozco, es un adiós que cuesta asimilar.

Rafa, gracias por todo. Han sido 20 años siguiendo cada uno de tus pasos y has merecido con creces que la eternidad os guarde a tu raqueta y a ti un sitio privilegiado.