Con una gorra negra y entre lágrimas. En la sala de prensa del Open de Australia. En un lugar que le había visto rozar la gloria en hasta 5 finales. Así anunció Andy Murray en 2019 que su carrera tenística estaba muy cerca de su fin y que ese sería su último año.
En ese momento, la cadera estaba obligando a un tenista que nunca supo pronunciar la palabra rendirse a levantar la bandera blanca. No obstante, Andy acabó ignorando las señales que le mandaba su cuerpo y nos ha acabado regalando 5 años más de tenis.
Jugando dobles, en unos Juegos Olímpicos y a una sola victoria de luchar por otra medalla olímpica. Tras levantar puntos de partido en sus dos encuentros anteriores. Esos serán los últimos recuerdos en una pista de un tenista con el que hemos disfrutado y sufrido tanto.
Es cierto que estos últimos tiempos ha estado lejos de los resultados y de la regularidad a los que nos acostumbró torneo tras torneo pero su pasión por el tenis y sus ganas de volver a sentirse competitivo le han llevado a alargar una carrera legendaria.
Siempre a la sombra de los tres mejores de la historia y con la fortuna envenenada de haber convivido en el circuito con ellos, Andy Murray ha tenido una carrera excelsa. 14 Masters 1000, 11 finales de Grand Slam, 2 Oros Olímpicos y 29 victorias contra el Big3 son sólo algunos de sus logros. Incluso ha sido capaz de ocupar el primer puesto de la ATP tras un 2016 sublime y con cierto aura de invencible. Haber logrado todo lo que ha logrado ante la competencia feroz que tuvo le da mucho mayor mérito a esas cifras.
Por encima de su palmarés, hay una fecha que estará siempre la primera para el tenista de Dunblane. El 7 de julio de 2013. Efectivamente. El día de la conquista de su primer Wimbledon. Con la presión de ser el favorito del respetable del All England Lawn Tennis and Croquet Club y la expectativa de un público que llevaba demasiadas décadas, desde Fred Perry en 1936, sin ver a un paisano suyo levantar el trofeo en la pista más emblemática del deporte de la red, logró la gesta.
Hace apenas un mes, y formando pareja con su hermano, la pista de Wimbledon pudo rendirle el tributo que se merecía y ese homenaje era el de cualquier aficionado al tenis al que consiguió retener cada vez que jugaba. Al fin y al cabo, una de sus mayores virtudes era esa. Su forma de enganchar al público.
Quizás ahora que ha colgado la raqueta se le dé el verdadero valor y reconocimiento que sus números y su legado merecen.
Andy, enhorabuena por una carrera que te sitúa entre los mejores de la historia. Va a resultar muy extraño no volver a verte jugar.
