La tradición dice que el campeón del Conde de Godó debe tirarse a la piscina del club que alberga el torneo, es decir, del Real Club de Tenis Barcelona. Rafa Nadal, reconocido admirador al mar, demuestra que las piscinas también le valen. Hasta en doce ediciones se ha tenido que lanzar con los recogepelotas en señal de celebración. Ha repetido la escena casi de manera ininterrumpida desde su primer trofeo en Barcelona, allá por 2005. Sólo unas inoportunas molestias en 2010 y las derrotas ante Almagro, Fognini y Thiem (2014, 2015, 2019) le han privado de firmar su nombre más veces en el palmarés del torneo.
Rafa Nadal y Stefanos Tsitsipas protagonizaron ayer un duelo (6-4, 6-7, 7-5) que no dejó indiferente a nadie. El partido, de casi cuatro horas de duración, superó todas las expectativas. Sin ir más lejos, ambos tuvieron bola de partido, con lo que ello conlleva.
Tensión, emoción, espectáculo. Esos fueron tres de un sinfín de los ingredientes que cocinaron en la pista “Rafa Nadal”, el español y el griego. Ambos rallaron a la altura del evento y buscaron desde un primer momento imponer sus estilos, algo más ofensivo de Stefanos y algo más táctico de Rafa.
Después de un primer set donde llegó a verse 4-2 por debajo en el electrónico, Nadal fue capaz de cerrar la primera manga por un parcial de 6-4. A lo largo del segundo set, primero mediante un 15-40 favorable con 5-4 y después en el tiebreak, parecía que el de Manacor mordería un año más el trofeo. No obstante, Tsitispas, lejos de arrugarse dada la entidad de su rival y el hecho de que este jugase como local, confirmó por enésima vez que es un jugador que va a dar que hablar durante muchos años y al que no le puede la presión, logrando llevarse el segundo set de manera agónica y ante el asombro de la mayoría de espectadores.
El tercer y definitivo set fue el broche de oro de un partido memorable. Tsitsipas, cuyo esfuerzo se vio valorado con una ovación del respetable, gozó de la opción de levantar el trofeo en una oportunidad (30-40 al resto y 5-4) pero finalmente, acabó sucumbiendo ante Rafa. Un Rafa que, tras verse teniendo que conformar con la bandeja del subcampeón, logró ganar los últimos tres juegos del partido y, con ello, el campeonato. Un campeonato que cuenta con un aroma particular dado el hecho que pocos clubes albergan un torneo del circuito ATP y que puede presumir de ser el club del campeón de 20 títulos de Grand Slam.
¿Se imaginan ganar un trofeo en 12 ediciones distintas? El tiempo marcará la dimensión de Rafa y sus logros pero muchos somos conscientes que nuestros ojos no verán como se supera de nuevo el doble dígito por parte de otro tenista. Resulta una quimera gozar de tantos años de salud mental, física y, en especial, tenística. Y, sin duda, contar con la voracidad competitiva de pretender seguir engrosando un palmarés ya, desde hace mucho tiempo, increíble.
Su manera de celebrar el triunfo nos recordó al Rafa de antaño, a aquel tenista que siempre celebraba sus hitos lazándose al suelo. Resulta admirable que, doce copas después, siga disfrutando de ellas como la primera.
A título personal, resultó muy especial poder ver en directo el partido, más si cabe dada la situación de pandemia mundial. Disfrutar de Rafa en vivo siempre es un privilegio y, sobre todo, si sale victorioso. Será muy complicado olvidar lo vivido por los asistentes a este acontecimiento. Probablemente la de ayer fue la final más vibrante de las 68 ediciones del Conde de Godó.
Gracias Stefanos. Y gracias, sobre todo, Rafa.
