Imagínate comprar un club. Imagínate tomar decisiones tan erróneas que lleven a un club de la solera del Valencia a coleccionar duodécimos puestos. Imagínate querer aprender de tus errores y traer a un director general y, gracias a este, a un entrenador de prestigio. Imagínate que se cumplen los objetivos y se vuelve a ilusionar a cualquier aficionado al murciélago. Imagínate que se logra celebrar un título 11 años después. Imagínate que, a pesar de ello, se decide dinamitar esa fórmula que tantos éxitos generaba y sobre todo, que había causado un consenso casi absoluto entre la afición.
El 11 de septiembre. Ese día Peter Lim, con la injusta destitución de Marcelino García-Toral, decidió cargarse desde dentro un proyecto ganador y que cumplía los objetivos. No contento con ello, optó por prescindir también de Mateu Alemany, el artífice de una revalorización sin precedentes de un club que coleccionaba ridículos y que con, él al mando, cumplió y con nota. Destituir a Mateu era poner fin a cualquier estructura creada y volver a optar por la incertidumbre y las decisiones arbitrarias. El balear jamás hubiese optado por un entrenador novel para sustituir a Marcelino. Uno ya ha perdido la cuenta de la cantidad de Másters que ha pagado el Valencia a sus entrenadores estos últimos años.
Resulta imposible no empezar por ahí para hablar de lo que es el Valencia actualmente. Resulta más complicado, si cabe, adivinar qué pretende Peter Lim. Las decisiones de la propiedad carecen de lógica y justificación. Se supone que cuánto mejor funciona tu club, mayor es el rédito que esto puede ocasionarte a ti como propietario.
Tener a Celades en el banquillo es perder el tiempo. El Valencia es un club sin identidad y sin sistema de juego. Una sangría defensiva donde la sorpresa resulta no encajar 3 o más goles y donde tus números de goles encajados se equiparan con los del colista. Pero erraríamos el tiro pensando que un cambio en el banquillo, aunque podría ser un gran primer paso en caso de traer a alguien contrastado, solucionaría todos los males endémicos del club. El problema va mucho más allá.
Peter, el juguete funcionaba y decidiste quitarle las pilas. El enemigo está en casa y además, mandando a 15.000 kilómetros de distancia. Aunque hace mucho tiempo que perdí la fe en todo lo relacionado a Peter Lim, él debe volver a crear una estructura y un modelo de club para revalorizar de nuevo al juguete.
En caso contrario, volvemos a la época de Nevilles y Aderlanes. Donde tener el mando del banquillo o formar parte de una plantilla de 25, no se rige por méritos deportivos. Y, sobre todo, donde fruto de todo ello, no se acaban cumpliendo los objetivos.
Peter, ésta es tu obra. Una plantilla de Champions, un entrenador sin experiencia y una propiedad de Segunda.
