No recuerdo la primera vez que le vi jugar ni tampoco la primera vez que escuché su nombre. Pero sí que fue hace muchísimo tiempo. Hace ya unos años, me di cuenta que un canterano del Valencia sobresalía y que iba a dar de qué hablar. Su nombre era el de Carlos Soler.
Lo que sí recuerdo nítidamente es como, desde entonces, fue quemando etapas. Como con su debut en Anoeta, su primer gol ante el Villarreal, su estreno en Mestalla o, por supuesto, aquella jugada en el Benito Villamarín antesala de la Copa del Rey de 2019. Diferentes hitos que fue acumulando hasta el punto de superar la cifra de 200 partidos oficiales como che.
Hoy se ha oficializado su marcha, previo pago de una cifra cercana a los 20 millones, al PSG de Messi, Neymar y Mbappé. En el último día de mercado y con la sensación de que se acaba marchando por la puerta de atrás. Un final triste para una historia que prometía otro desenlace.
Ver como canteranos que han crecido en Paterna deciden probar fortuna en otro sitio resulta doloroso. El sentimiento de pertenencia es algo muy complicado de encontrar y, una vez lo tienes, es, sin duda, una de las bases sobre las que cimentar un equipo campeón y, por encima de todo, del que la afición se pueda sentir partícipe.
Tratándose de uno de los ídolos del aficionado valencianista, con el dorsal 10 a la espalda y siendo portador del brazalete del equipo de su vida, cuesta entender su decisión. Lo tenía todo para haber sido una leyenda en el Valencia, en su Valencia.
No obstante, conviene tener en consideración que el proyecto del club es, a todas luces y con Peter Lim al mando, inexistente. Un club con cada vez menores aspiraciones y más alejado de lo que ha sido históricamente. No debe resultar sencillo ni alentador optar por continuar en una entidad donde la lógica lleva mucho tiempo fuera del diccionario de los directivos ni tampoco rechazar a uno de los mejores clubes del panorama europeo.
A pesar de ello, el que estas líneas escribe confiaba en que el corazón pesaría más que la razón y que Carlos Soler seguiría coleccionando momentos en el equipo en el que siempre soñó jugar.
Con su salida, el Valencia sigue perdiendo parte de su identidad y manda un nuevo mensaje de que no consigue retener a los mejores.
Suerte en París, Carlos. Ojalá no sea un adiós. Ojalá sea un hasta luego.
