Con saque y volea, de esa forma Carlos Alcaraz logró coronarse en el Masters 1000 de Miami para ser el tercer tenista más joven en triunfar en un torneo de esta categoría. El primero de muchos que vendrán porque lo de hoy no es casualidad sino una constatación de lo que está por venir.
Hace menos de un año superaba la barrera del Top100, un par de meses después lograba estrenar su palmarés y, en muy poco tiempo, alcanzará el Top10, ya con uno de los trofeos más importantes que existen bajo el brazo.
Hay un aspecto que a veces pasa desapercibido en un deporte individual pero es indudable que es fundamental contar con un gran equipo de trabajo detrás. Y el tenista murciano tiene la fortuna de contar desde hace cuatro años con un entrenador que empezó con un proyecto que pretendía lograr que un tenista en etapa de junior lograse llegar a la élite y al que el tiempo le ha dado la razón. Un tal Juan Carlos Ferrero, antigua mejor raqueta del mundo, y que, a pesar de la pérdida de su padre, no se perdió la primera vez que su pupilo se coronaba a los ojos de todo el mundo.
Las expectativas que teníamos algunos ante la llegada de Alcaraz al circuito eran altas. Para el que firma este artículo, muy altas. Y, como se puede observar en todos los hitos que está logrando ya, no se cansa de romper barreras.
Carlos Alcaraz lo tiene todo, incluida una calidad humana reflejada en sus dedicatorias y gestos hacia el rival. No le añadamos presión con etiquetas ni comparaciones, porque si nada se tuerce, nos va a provocar muchas alegrías y noches de insomnio.
Acostúmbrense porque se vienen muchos trofeos de un chaval español cuyo tenis no tiene fisuras. Un tenista que ya ha pasado de ser Carlitos a ser Don Carlos.
