Por medio de un burofax. De esa forma Leo Messi comunicó su decisión irrevocable de abandonar las filas del FC Barcelona. El impacto que ha generado la noticia no admite comparación. El, para muchos, mejor jugador de la historia decidía poner fin a casi 20 años como culé. Han pasado algo más de 2 días y la mayoría seguimos buscando las piezas que reconstruyan un puzzle que nadie pensó que se destruiría.
Es cierto que el rumor de una posible salida llevaba coleando unos días y que no son tiempos esperanzadores en Can Barça. No obstante, resultaba inimaginable verle abandonar la entidad. Era impensable vaticinar que cerraría su etapa vistiendo de blaugrana lejos del Camp Nou, en un estadio sin público y después de sufrir un correctivo tal como un 8-2.
Su amor por los colores y lo que representa para la entidad, nos proporcionaba certeza suficiente como para entender que no habría ningún otro club en la carrera de Leo. Quizás con el asterisco de un posible retiro dorado a su Argentina natal pero jamás a otro club europeo aspirante. Jamás. Ser el mejor y además formando parte siempre de un mismo equipo resultaba un reto muy bonito.
Un reto, si cabe, más bonito era el hecho de no sólo retirarse en tu club sino tratar de reflotar el barco. Como capitán y líder, algunos pensábamos que optaría por dar un paso hacia adelante y dar una muestra más de su barcelonismo diciendo que se queda. Que se queda para devolver al Barça al primer escalón mundial y alejarlo de noches como la de Anfield, Roma o la del Bayern. Nada más lejos de la realidad.
Aunque sus méritos en el campo quizás le hayan llevado a poder tomar la decisión de irse de la forma que él considere, precisamente, son las formas las que le han perdido. Debería haber ido de cara y no vía burofax. Nadie en su sano juicio intuía que forzaría marcharse gratis, con lo que supone un movimiento así desde un prisma económico, deportivo e institucional. No resulta, en absoluto, el mejor epílogo de un relación tan especial y única como la que han formado el Barça y Leo.
Leo Messi, mediante goles y asistencias, ha sido responsable directo de 1 de cada 11 goles marcados en la historia del Barça. 16 temporadas, 731 partidos, 633 goles, 254 asistencias, 33 títulos. Además de galardones individuales como la Bota de Oro y el Balón de Oro. Su legado en el Barça perdurará para siempre y no habrá nadie que llegue ni a aproximarse a estas cifras irreales.
Ojalá el Barça sea capaz de, una vez asumida su marcha, y desde la resignación y profunda tristeza que resulta no retener al mejor, brindarle el mayor homenaje posible al futbolista que cambió para siempre al club. Un homenaje a la altura de la leyenda que se marcha. De alguien que hizo que el Barça fuera un equipo sin límites y campeón en reiteradas ocasiones de todo.
Siempre pensé que su salida supondría un periodo enorme de reflexión y desde el punto de vista del culé, se debe asumir que sin él nada será igual. No queda otra que mirar hacia delante y ser conscientes de que el Camp Nou ha gozado de la fortuna de disfrutarle en infinidad de tardes y noches de gloria.
El repertorio mostrado ha sido ilimitado. Esas jugadas imposibles y goles inverosímiles que sólo podían tener a él como autor quedarán en el imaginario barcelonista.
La sensación de vacío es real. Su huella, qué duda cabe, será imborrable pero la herida ocasionada será imposible de suturar.
