El fin de semana sonaba Paco Jémez. Esta semana el nombre de Quique Setién brilla con luz propia, filtrándose incluso peticiones de jugadores por su parte. De nuevo, viendo la terna de candidatos, sensación que el Valencia no define un perfil, antes de elegir al más indicado. Setién y Jémez sí son de un estilo parecido pero poco tienen que ver con otros futuribles como Marcelino o Voro, al que nadie se atreve a quitar de las quinielas.
En caso que Setién o alguien similar sea finalmente el entrenador del Valencia recibirá la mayor de mis desaprobaciones. La historia ché ha enseñado que nunca vimos al club levantar copas recibiendo los olés de la grada ni buscando ser el Barça de Guardiola.
El Valencia fue fuerte y candidato a sorprender a los transatlánticos Barcelona y Madrid, con un ADN claro y marcado. Alejado de florituras, se le consideraba un equipo al que era difícil marcar un gol y era veloz y eficaz arriba (¿a quién no le viene a la mente el “Piojo” López?). Todos nos acordamos de aquel Cañizares que siempre estaba entre los favoritos al Zamora. De un tiempo a esta parte, uno cuando ve la clasificación prefiere tapar el número donde se reflejan los goles encajados a lo largo de la temporada liguera. Ver al Valencia no recoger el balón del fondo de su portería es la excepción cuando, si se quiere dejar de deambular en la media tabla, debe ser la regla.
Aún siendo consciente de la reticencia que genera la figura de Nuno Espiritu Santo, me gustaría rescatar una estadística. Números que indican que en su temporada al mando de la plantilla consiguió reducir la hemorragia y encajar 32 goles. Eso llevó a sumar 77 puntos y, consecuentemente, a ocupar la cuarta plaza. Esas cifras están a años luz de las que hemos padecido desde su salida, tanto en puntos como goles recibidos. Esto no es ninguna reivindicación hacia Nuno sino a lo que buscaba el equipo en la temporada 2014-15, por ser el ejemplo más próximo en fechas.
El «qué bien juega el Valencia» nunca nos ha funcionado. El “Puto Valencia” sí. Los mejores años en un club casi centenario no se caracterizaban por tener en plantilla a jugadores con la etiqueta de estrella o pagados a precio de oro. En esa plantilla, destacaba el bien colectivo por encima del individual y nos faltaban brazaletes para tantos con alma de capitán. En cambio, si alguien se atreve a decir sólo un miembro del Valencia 16/17 que merezca ser la cabeza visible en los sorteos de campo, recibirá mi enhorabuena. A muchos nos vendrán a la cabeza Gayà o Carlos Soler pero sería harto complicado continuar la lista.
Tengo la teoría que en muchos momentos desde 2004, hemos vivido algo anclados al Doblete histórico que se logró. Hemos ido tachando a la mayoría de los integrantes de aquella gesta histórica. En una ocupación u otra, muchos de ellos han recibido su oportunidad de enseñarnos de nuevo qué camino tomar. Desde Carboni o Ayala en labores de dirección deportiva a Pellegrino, Djukic o Ayestarán (preparador físico de la época) de entrenadores, pasando por otros como Vicente y Curro Torres.
Desde aquí, mi reivindicación a un Valencia de hombres, que vean al club como meta y no como trampolín. Sobre todo con el objetivo común de quitar el polvo a las vitrinas de Mestalla, aunque ahora suene a utopía hablar de galardones o trofeos. El Atlético de Simeone es el modelo.
Con entrenadores que apuesten por el juego bonito o por basar su estilo en la tenencia del balón se volverá a errar el tiro. Mi reino por un entrenador que devuelva al Valencia a sus orígenes.
Publicado en SUPERDEPORTE el 26 de abril de 2017
